Me juraba que el crujido de la madera por las noches era solo el viejo caserón asentándose en el subsuelo. Yo siempre le sonreía, apagaba la lámpara y la abrazaba en la profunda oscuridad, fingiendo compartir su calma. Es reconfortante verla dormir tan tranquila a mi lado. Durante años me había esforzado en proteger su inocencia. Sin embargo, esta madrugada ha sido distinta. Un grito rítmico, casi desesperado, ha hecho vibrar el suelo del dormitorio. Me he quedado inmóvil, conteniendo el aliento, al darme cuenta de que el sonido no subía del sótano... venía de su lado de la cama.
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