— ¡Mamá! ¿En Poznań teníais inodepania?
La pequeña levanta la pata, brazos en alto, al son de la musiquilla que sale del televisor. Su madre aparta la vista del portátil y se fija en los dos equipos en fila en la pantalla. Algunos jugadores se llevan la mano al pecho.
— ¡Ah! “Him-no de Es-pa-ña” —se ríe y se retira las gafas—. Cariño, cada país tiene el suyo y son todos diferentes.
— ¿Y cómo se baila?
— Los himnos no son para bailar, cielo.
La niña, ceño fruncido, madura la pregunta:
— Pero si no se bailan, ¿para qué son?
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