Una niña cruzó un bosque incendiado y vio a dos hermanos golpearse con palos por los restos de una cosecha estéril, mientras empresas madereras devoraban Asturias. Intentó detenerlos, pero uno mató al otro. Temblando, secó la sangre de su padre con la camisa y lloró sobre su pecho. El asesino, roto por el horror, abrazó un tronco calcinado donde sobrevivía un brote verde. Los pájaros descendieron, llorando por la niña, el muerto y sus nidos perdidos. Entonces Dios, avergonzado por su omisión, dejó caer un puñado de semillas: eran las palabras.
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