El abrazo de la juventud encandilaba nuestros corazones. Tus mejillas se sonrojaban con decir “te quiero”.
Creíamos que el tiempo se detenía, pero corrió deprisa. Ilustró mi rostro con surcos labrados por la Historia, esculpió tu cuerpo con los cinceles de Cronos. Compartimos un destino, pero tu vida se marchitó.
El aliento de la brisa me acaricia. La sal deja su huella por los regueros que trazan mis lágrimas…
Ley de Vida.
Habrá un mañana que selle nuestro reencuentro; y derrotaremos a la Ley de Vida indolente en los territorios ignotos donde reina la felicidad eterna.
Juntos otra vez.
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