Al principio solo fueron garabatos en el papel.
No podía concentrarme con aquellos gritos.
Cuando acabó, un silencio viscoso invadió todos los rincones de mi cuerpo.
Me latía fuerte el corazón.
De pronto en el dibujo apareció un pequeño ataúd.
Me acurruqué hasta desaparecer dentro. Desde allí fui añadiendo detalles: la almohadita bordada, dos mariposas, un libro de dinosaurios, el camión arenero y los lápices de colores.
Luego delineé la tapa con un agujero para respirar.
Oía muy cerca sus pisadas.
En un rinconcito escondí la nota: SOCORRO.
Bajé la tapa y cerré los ojos.
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